No estamos solos

Cuando hablaba en la entrada anterior sobre una burbuja moral estaba tratando de hacer una referencia simbólica a un proyecto real en mi propia biografía. Sin duda, la transformación ha sido gradual, pero desde que he dejado de participar en discusiones sobre cuestiones políticas o intelectuales desde una perspectiva “partisana”, he dejado de sentir la calidez que me otorgaba la autoidentificación tribal y el intercambio retórico, dando paso a las sensaciones de hastío, desafección y lástima por todos aquellos que siguen absortos en un juego tan aburrido y estéril.

Hastío por la candidez intelectual y moral que encuentro en personas cuyas credenciales y títulos debieran señalar algo más que el mero registro de la estancia en una institución académica. ¿De verdad alguien se cree que el mundo funciona así? ¿Alguien con una formación razonable contempla el juego político y sigue confiando en la integridad moral de las “élites”? ¿En serio alguien se cree que a estas alturas siguen habiendo “buenos y malos”, y que sus declaraciones e interpretaciones sobre los hechos del momento no responden más bien a la adecuación de un relato que les permita acceder a mayores cuotas de poder, sexo y dinero? ¿Creemos sinceramente que las relaciones interpersonales funcionan como nos cuenta una persona -se presume, opulenta- del mundo del cine o la televisión? ¿Somos tan incapaces de considerar que alguien de izquierdas pueda ser miserable?

Desafección por la poca inteligencia y el escasísimo rigor con el que se aborda cualquier cuestión. Sencillamente, la pretensión de adecuación o verdad es inexistente en la mayor parte de los comentaristas. Ni que decir tiene que la honestidad intelectual brilla por su ausencia en personas que desconfían del uso de la modelización matemática o en un mínimo de formalización y claridad a la hora de exponer cualquier argumento que, se entiende, hable sobre el mundo real. El problema no es sólo estético para los enemigos de la subordinada y el punto y coma, sino de carácter epistémico, de qué entendemos por conocimiento y cómo creemos conocemos. Al no poder mantener cierto escepticismo sobre la seguridad de su propio conocimiento, incapaces de dudar de si mismos e, ingenuos -y sin las herramientas para controlar los sesgos propios o, cuando menos, poderse plantear la posibilidad de una sorpresa ante un hecho que contradiga sus “teorías” sobre como funciona el mundo-, como niños pequeños se enfrentan a unos “hechos” a los que no logran dar sentido más allá de las aproximaciones vulgares, maniqueas y pobres que les resulten reconfortantes.

Lástima porque todo el potencial intelectual desaprovechado no sólo tiene consecuencias en términos de eficiencia. Al fin y al cabo somos libres de ser estúpidos y sectarios, aunque pudieramos tratar de plantear respuestas inteligentes a problemas que requieran un esfuerzo reflexivo más allá de lo aparente y lo trivial. En el fondo, lo que me preocupa, es que estas actitudes paupérrimas en términos éticos y estéticos tienen consecuencias, a menudo como un subproducto, sobre las vidas de los auténticos maltratados por el azar, aquellos que poco o nada tienen que ver con nuestras vidas, pero que presumimos de conocer y velar por -nuestra versión cómoda y correcta- de sus intereses. A éso, en su momento, lo llamaba actitud pequeñoburguesía, aunque creo que siempre viene bien decirlo ponerse literarios y, como en la novela de Juan Marsé, atribuírlo a la seña de identidad de los señoritos de mierda.

Por suerte, si alguien lee estas palabras y se ve reflejado en ellas, que sepa que no estamos sólos. Existen comunidades virtuales que entienden que la fuerza del argumento reside en la carga de la prueba -lógica, empírica- y que hay cuestiones más interesantes sobre las que discutir, desde la naturaleza de la conciencia y el intuicionismo ético a cómo utilizar la evidencia científica para mejorar nuestros hábitos para tratar de vivir lo mejor posible. En ellas se valora la simetría, la elegancia o los lenguajes de programación; se piensa y se discute, conscientes de nuestras grandes limitaciones y de nuestro progreso a tientas. Son comunidades de la racionalidad y acabo de descubrirlas. No tengo interés alguno en volver.

Es discutible

No seria extraño que esta última versión de mi blog -ahora con Blogdown- no tardase mucho en ser destruída para tomar otra forma con otro sistema de gestión de contenidos que también admita lenguaje Markdown. En cualquier caso, aquí está. Esta volatilidad proviene, probablemente, de mi escasa convicción sobre la capacidad que pudiera tener para escribir algo tan interesante o innovador que merezca ser publicado a estas alturas de mi formación.

Ciertamente, hay alguna cuestión sobre la que creo poder añadir algo de perspectiva pero, al no tener un fundamento muy sólido a partir del cual elaborar un ensayo o un artículo, nunca empiezo. Es por eso que, en parte, voy a utilizar el blog -mientras dure- como una suerte de cuaderno de trabajo. Si leo algo interesante que merezca la pena ser sintetizado en unos cuantos parrafos, habrá entrada. Escribir (y reescribir) es la mejor manera de hacer patentes esas conexiones -a menudo inadvertidas- que marcan la diferencia entre ser pedestre y ser comme il faut.

Tras un tiempo -quizá excesivo- siendo testigo de la comidilla diaria del politiqueo vulgar y de la constatación de esa necesidad de podredumbre moral en la conducta de uno mismo para alcanzar esa clase de poder (incompetente), ya no me enfado, ni me intereso más por esa clase de enfrentamientos de carácter tribal. Mi principal objetivo ahora es formar mi propia burbuja moral á la Caplan; una en la que Michael Huemer o Hadley Wickham reciban una mayor consideración que cualquier cargo analfabeto, pseudointelectual y de marcados aires progresistas.

Me interesan las cuestiones de filosofía política y creo que las herramientas de la Economía suponen uno de los mejores puntos de partida para movernos entre premisas, datos y conclusiones; para interpretar el mundo, vamos. Por lo demás, estoy tan interesado en las posibilidades civilizatorias de un Estado Mundial como en la creación de sistemas legislativos completamente privados a través del Blockchain. Todo es discutible. Eso sí, prefiero hacer como Ortega -mejor, como Ovejero- y si hablo de algo, hacerlo de forma precisa o en caso contrario, callarme. No sea qué.

Meta

Este blog funciona con Hugo, ha sido creado con R y Blogdown siguiendo, en gran medida, el tutorial de Alison Presmanes. Utiliza el tema Hyde-X.

El código fuente está en un repositorio en Github y la web se aloja en Netlify, quienes parten del código fuente y la reconstruyen cada vez que actualizo de forma automática (y gratuíta, sois muy buena gente).

La sensación tras haber conseguido que cargue y poder bloggear desde Atom o RStudio es genial.